Nacían ya ensuciando pañales, regurgitando leche (yo le doy todo lo que puedo, sabe), engordaban (miren qué lindo, limpiándole la baba con el babero), se hacían grandes, alcanzaban el único momento mágico y verdadero (insensatos y soñadores, locos) y luego los palos, los consejos y las maestritas los convertían en una manada de hipócritas (no hay que mentir, niños, no se muerdan las uñas, no escriban malas palabras en las paredes, no se debe faltar a clase), en una manada de realistas, trepadores y mezquinos (el ahorro es la base de la fortuna). Sin dejar un solo momento de comer, defecar y ensuciar todo lo que se toca. Luego los empleos, los casamientos, los hijos. Nuevamente el pequeño monstruo regurgitando leche ante la mirada embobada del ex pequeño monstruo regurgitando leche, para que la comedia recomience. Lucha, disputa de los asientos en los colectivos y en los puestos administrativos, envidia, maledicencia, satisfacción de sus sentimientos de inferioridad viendo desfilar los tanques de su patria (se siente fuerte el enanito). Etcétera.
Abaddón, el exterminador - Ernesto Sábato
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